A Lu Yu se le venera como “el santo del té”. Con 20 años atravesó China investigándolo todo sobre esta infusión y, al final de su periplo, que le llevó a recorrer fundamentalmente la cuenca del río Huaihe y los tramos inferiores del Yangtsé, redactó El clásico del té. Nacía así la primera monografía sobre el tema de la que se tiene registro en el país.
Lu volcó en aquel volumen todos los conocimientos que había adquirido durante su viaje. Desgranó desde el significado del té hasta las herramientas y recipientes que se necesitaban para producirlo, prepararlo o beberlo, así como las costumbres y rituales que acompañaban todo el proceso.
Aunque hay quien dice que sobre gustos no hay nada escrito, Lu estableció criterios para reconocer qué variedades de la planta tenían mayor calidad y sabor más exquisito. Según sus escritos, las mejores eran las que se parecían a brotes del bambú y mostraban una tonalidad morada.
Este tipo de té se denominó Zisun, que significa literalmente “brote de bambú púrpura”, y se producía en exclusiva como tributo a los emperadores. Se cuenta que fue el propio Lu quien lo recomendó a la corte de la dinastía Tang (618-907).
La primera fábrica de té imperial de China se dedicó por lo tanto a producir Zisun. Se levantó en el condado de Changxing, dentro de Huzhou, provincia de Zhejiang. Lu consideró que esa zona, situada en lo que hoy es el norte de Zhejiang y el sur de la provincia de Jiangsu, era la óptima para cultivar y elaborar la mencionada variedad.
Hoy, aquella fábrica se ha reconstruido en la colinda Guzhu de Changxing, donde se ubicaba la original. Los actuales maestros del té trabajan allí para conservar y depurar las antiguas técnicas de producción del Zisun.
Además de funcionar como centro de producción, la renovada factoría es también un destino turístico. Los visitantes pueden admirar las inscripciones que los eruditos de la dinastía Tang dejaron cerca de los acantilados, estudiar la cultura y la historia del té o, simplemente, pasar una tarde tranquila disfrutando de una infusión en un entorno relajante.
Herramienta de la filosofía budista
Antes de emprender su viaje de investigación, Lu llevó una vida poco común. Fue abandonado de niño en lo que hoy es Tianmen, provincia de Hubei, y adoptado en el año 733 por Zhiji, un abad budista. En el templo Longgai, donde creció, aprendió por primera vez a preparar el té. Como no estaba dispuesto a llevar una vida piadosa, durante su adolescencia se convirtió en actor y se dedicó a interpretar personajes cómicos. Con el tiempo, un funcionario se fijó en su talento y le animó a seguir aprendiendo.
Cuando estalló la rebelión de An Lushan, en el año 755, Lu dejó la región central de China, se dirigió hacia el este y empezó sus indagaciones sobre el té. Sin embargo, puede que su vínculo con el estilo de vida zen nunca se rompiese. En el templo Miaoxi, en Huzhou, conoció a un monje poeta llamado Jiaoran que le introdujo en la filosofía de tomar el té. “A la hora de beberlo, encaja mejor con aquellas personas que son disciplinadas y moralmente intachables”, escribió en El clásico del té. En él recogió los rituales que rodeaban su preparación e hizo hincapié en ellos, algo que contribuyó a convertir el té en un símbolo de refinamiento y estatus.
La ceremonia del té de Jingshan era uno de aquellos rituales. Se trataba de un acto solemne que se organizaba en el templo del mismo nombre situado en Hangzhou, provincia de Zhejiang, que Lu visitó durante su viaje. Aunque se tiene constancia de que el fundador del templo ya ofrecía la infusión como sacrificio a Buda a mediados de la dinastía Tang, la ceremonia se convirtió en una práctica regular durante la dinastía Song (960-1279), cuando los monjes budistas y sus invitados –la mayoría literatos y burócratas– se reunían para degustarlo.
En ese punto, el té se convirtió en un medio para meditar y alcanzar la iluminación, lo que generó la creación de más de diez procedimientos formales a su alrededor. Además de cómo preparar y consumir la bebida, existían pautas sobre cómo recibir a los invitados, quemar incienso o adorar al Buda.
“Aquella ceremonia reflejaba lo exquisito que era el estilo de vida que llevaban los literatos y burócratas de la dinastía Song”, afirma Yanping, monje budista en el templo y custodio de esa antigua cultura. “En aquellos tiempos, los monjes más veteranos del templo de Jingshan querían que las personas pudieran ser conscientes de su propia existencia saboreando una taza de té”.
Al contrario de lo que sucede hoy, que es habitual beber cantidades considerables de té en poco tiempo, en la dinastía Song solía degustarse una taza pequeña en silencio durante dos horas. “Enfrentarse a un único objeto durante tanto tiempo enaltece la riqueza y la nobleza del espíritu. Quienes beben té alcanzan libertad y tranquilidad mental, incluso si viven en un mundo bullicioso”, afirma Yanping. Para él, “alcanzar ese estado mental es lo más hermoso de la ceremonia”.
El año pasado, las técnicas tradicionales que se emplean en China para procesar el té y las prácticas sociales que las rodean pasaron a formar parte de la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad de la Unesco. Tanto la ceremonia de Jingshan como el arte de preparar Zisun están incluidos.