Hay un viejo estribillo que vuelve a sonar con fuerza en los medios de comunicación de Occidente: “la próxima crisis económica mundial vendrá de China”. Se trata de la última versión de una narrativa que presenta al país asiático como una amenaza y que se conoce como el “shock chino 2.0”. No obstante, los especialistas aseguran que esta teoría malinterpreta los fundamentos económicos de la potencia y pasa por alto la resiliencia que tiene el sistema de fabricación más completo del mundo.
Según diversos expertos, si se examinan con detenimiento los hechos que se desprenden de los análisis y del comportamiento real de las multinacionales, se obtiene una fotografía muy distinta: la economía real de China no es una fuente de crisis, sino uno de los pilares de la economía mundial.
La tesis del "shock chino 2.0” sostiene que el país asiático avanza tan rápido en energías alternativas, inteligencia artificial y alta tecnología que está expulsando a las economías desarrolladas de los sectores con mayor valor añadido de las cadenas de suministro internacionales. No obstante, esta teoría no es más que otra versión del discurso sobre “la sobrecapacidad de China”, que ya fue desacreditado hace tiempo y que expertos de varios continentes consideran más un arma política que un análisis económico serio.
“Una consecuencia natural de la libre competencia”
Jostein Hauge, economista político de la Universidad de Cambridge, afirmó en un artículo de opinión que la narrativa sobre el “shock chino 2.0” no solo está plagada de dobles raseros y refleja ansiedad por parte de quien teme perder su hegemonía, sino que también minimiza de forma deliberada los grandes beneficios que ha aportado el país al planeta al integrarse en la economía mundial.
Adam Tooze, historiador de la Universidad de Columbia, publicó un artículo titulado The ‘China squeeze’ –algo así como El exprimidor chino– en el número 464 de su newsletter Chartbook. En él señalaba que la tesis del “cerco chino” basa su crítica al país en una mera hipótesis. Como relato de historia económica, no hay más remedio que considerarlo tramposo –escribe–, ya que únicamente se apoya en premisas políticas, no en análisis económicos con base empírica.
Tu Xinquan, decano del Instituto de Estudios de la Organización Mundial del Comercio de China en la Universidad de Economía y Negocios Internacionales, considera que ese supuesto shock no es más que “una consecuencia natural de la economía de mercado y la libre competencia”. Según indica, los países desarrollados están acostumbrados a tener ventaja tecnológica y “ahora, cuando se encuentran con un competidor de verdad, parecen resistirse a adoptar los principios de libre mercado que han predicado durante décadas”.
Pieza clave en el mercado internacional
No obstante, y a pesar de todo el ruido que genera Occidente, no hay duda de que la industria china continúa vertebrando la economía del planeta. Según datos del Banco Mundial y del digital económico canadiense Visual Capitalist publicados el pasado agosto, el 30% de todas las manufacturas que se producen en el mundo procede del país asiático.
No se trata de un fenómeno pasajero. Desde que superó a Estados Unidos en 2010, China lleva 16 años consecutivos siendo el mayor productor de manufacturas del mundo y continúa siendo el único país con presencia industrial en todos los sectores que contempla la ONU: 39 sectores principales, 191 categorías intermedias y 525 subcategorías, sin que falte ninguna.
Lejos de ser una fuente de crisis, China ha sido durante años el país que más ha aportado al crecimiento económico del mundo, con una tasa de contribución que ronda el 30%.
De hecho, la llamada “oportunidad china” es valorada y bien recibida en todo el mundo. No hay más que fijarse en el ejemplo de las energías alternativas: el país ha suministrado permanentemente al mercado internacional productos de gran calidad, eficientes y bajos en emisiones de carbono, sobre todo a los países en desarrollo.
Según afirma el Ministerio de Industria y Tecnología Informática, China ha exportado sus molinos de viento, paneles solares y vehículos de energías alternativas a más de 200 países y regiones, lo que ha contribuido a reducir el coste de la energía eólica y solar en todo el mundo en más de un 60% y 80%, respectivamente.